¿De qué sirven los exhortos legislativos?
¿De qué sirven los respaldos políticos, los posicionamientos y los mensajes compartidos en redes sociales por diputados que, en muchos casos, mantienen una representación escasa, distante y prácticamente invisible en los distritos que dicen representar?
¿De qué sirve levantar la mano desde una curul cuando no se conocen de cerca las necesidades de quienes les dieron su voto?
Hoy pareciera que para algunos representantes populares resulta más importante publicar una fotografía, compartir un comunicado o presumir un respaldo político que rendir cuentas sobre los resultados de su trabajo legislativo.
Y no se trata de descalificar por descalificar.
Se trata de exigir resultados.
Porque el trabajo de un diputado no puede limitarse a los discursos, a las publicaciones en sus redes sociales o a las declaraciones que terminan perdiéndose entre miles de mensajes.
Su responsabilidad es legislar, fiscalizar, representar y, sobre todo, responder ante los ciudadanos.
Sin embargo, para buena parte de la población, el desempeño de sus representantes se ha vuelto cada vez más distante, poco transparente y difícil de evaluar.
Y mientras esto sucede, comienza a escucharse nuevamente una palabra que parece haberse convertido en una aspiración permanente de nuestra clase política:
¡REELECCIÓN!
Sí, señoras y señores.
Otra vez los mismos nombres.
Otra vez las mismas aspiraciones.
Otra vez los mismos discursos.
Y nuevamente la promesa de que ahora sí vendrán los cambios que México necesita.
Pero hay algo que resulta verdaderamente indignante.
Que algunos representantes pretendan convencer a la ciudadanía de que deben continuar en el cargo porque, según ellos, el pueblo se los está pidiendo.
¡Vaya argumento!
¡Vaya manera de interpretar la voluntad popular!
Porque una cosa es tener aspiraciones políticas legítimas y otra muy distinta pretender que la continuidad en un cargo público es un derecho adquirido.
La representación popular no se hereda, no se presume y mucho menos se impone. Se gana con trabajo y resultados.
Y mientras se aproximan los procesos electorales, aunque algunos parecen haber comenzado sus campañas desde mucho antes, empieza a repetirse un fenómeno que los mexicanos conocemos perfectamente.
De pronto aparecen quienes durante meses estuvieron ausentes.
Salen de sus oficinas.
Regresan a las comunidades.
Se toman fotografías con comerciantes, campesinos y trabajadores.
Recorren mercados.
Saludan a los ciudadanos.
Y vuelven a prometer que ahora sí cambiarán el rumbo de México.
Pero la pregunta es inevitable:
¿Y qué hicieron durante todo este tiempo?
¿Acaso hoy vivimos mejor?
¿Se terminó la pobreza en México?
¿Tenemos ya un sistema de salud que garantice medicamentos, médicos y atención oportuna para todos?
¿Se resolvieron los problemas de nuestras carreteras y caminos?
¿Las familias mexicanas tienen mayor tranquilidad económica?
¿Alcanza el salario para cubrir dignamente las necesidades de un hogar?
Porque una cosa son los indicadores que presentan las autoridades y otra la realidad cotidiana que enfrenta una familia cuando llega al mercado, paga la luz, compra medicamentos o intenta completar el gasto de la semana.
Y aquí no hacen falta grandes discursos.
Abra usted su cartera.
Revise cuánto dinero tiene.
Piense cuánto necesita para llegar a la siguiente quincena.
Y pregúntese si realmente nuestra clase política está respondiendo a las necesidades de quienes sostienen este país con su trabajo.
Porque México no puede seguir conformándose con promesas.
Tampoco podemos aceptar que cada nueva elección se convierta en una oportunidad para reciclar los mismos discursos y justificar los mismos pendientes.
Hoy nuestro país necesita algo mucho más importante que una fotografía legislativa o un comunicado lleno de buenas intenciones.
Necesita resultados.
Necesita leyes que impulsen la productividad.
Necesita condiciones para que las pequeñas empresas crezcan.
Necesita seguridad para quienes invierten, producen y generan empleos.
Necesita mejores servicios públicos, infraestructura y oportunidades.
Y necesita, fundamentalmente, que el esfuerzo de trabajar tenga una recompensa justa.
Porque quien trabaja debe tener la posibilidad real de progresar.
Quien se levanta temprano, quien abre un negocio, quien cultiva la tierra, quien sale al mar a pescar, quien conduce un taxi o quien trabaja largas jornadas para sostener a su familia merece vivir con dignidad.
Los programas sociales pueden ser necesarios para apoyar a quienes enfrentan condiciones de vulnerabilidad.
Pero el desarrollo de una nación no puede descansar exclusivamente en la distribución de apoyos.
También debe construirse sobre empleos dignos, productividad, educación, inversión y oportunidades para salir adelante por esfuerzo propio.
Y tal vez esto resulte difícil de comprender para quienes han desarrollado buena parte de su vida profesional alrededor del presupuesto público.
Aquella vieja frase atribuida a la cultura política del expresidente Luis Echeverría, de que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error, sigue siendo una expresión que retrata una manera de entender el poder.
Pero México no puede continuar atrapado en esa mentalidad.
El presupuesto no es propiedad de los políticos.
El presupuesto es dinero público.
Es producto de los impuestos y del esfuerzo de millones de mexicanos.
Y cada peso que se ejerce debe traducirse en beneficios para la sociedad.
Por eso, desde la Cámara de Diputados se puede hacer mucho más que emitir exhortos, publicar respaldos o justificar decisiones políticas.
Se pueden revisar prioridades presupuestales.
Se pueden fortalecer los mecanismos de fiscalización.
Se pueden impulsar reformas que respondan a problemas reales.
Y se puede exigir que los recursos públicos lleguen a donde verdaderamente se necesitan.
Pero para eso se requiere voluntad.
Se requiere compromiso.
Y, sobre todo, se necesita entender que una diputación no es un premio político ni un empleo vitalicio.
Es una responsabilidad frente a millones de mexicanos.
Hoy no basta con decir que se representa al pueblo.
Hay que demostrarlo.
No basta con anunciar que se está trabajando.
Hay que presentar resultados.
No basta con afirmar que México está cambiando.
Hay que conseguir que ese cambio se refleje en la vida de las familias.
Porque el futuro de nuestros hijos y de las próximas generaciones no puede construirse con mensajes publicados en redes sociales.
Ni con promesas que se renuevan cada tres años.
Ni con políticos que solamente recuerdan a sus electores cuando necesitan nuevamente su voto.
México necesita legisladores que sirvan a la nación, no que se sirvan de ella.
Y a quienes hoy comienzan a levantar la mano para buscar nuevamente un cargo público, habría que hacerles una pregunta muy sencilla:
¿Qué hicieron con la oportunidad que ya les dimos?
Porque antes de pedirnos otro voto, primero deberían rendir cuentas por el anterior.
Y si no tienen resultados que presentar, entonces no deberían sorprenderse de que los ciudadanos les cuestionen por qué quieren seguir viviendo del presupuesto.
¡Basta de justificaciones!
¡Basta de discursos sin resultados!
¡México necesita acciones reales, no representantes que solamente aparezcan cuando se acercan las elecciones!
Porque la verdadera transformación de un país no se mide por el número de publicaciones que hacen sus políticos.
Se mide por la calidad de vida de su gente.
Y esa, señoras y señores, sigue siendo la gran deuda que nuestros representantes tienen con México.