Hay decisiones que se toman en el Congreso de la Unión levantando la mano, pero cuyas consecuencias terminan pagándose durante generaciones.
Y una de ellas es el endeudamiento de nuestro país.
La discusión del Paquete Económico para 2027 vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que debería preocuparnos a todos:
¿Hasta cuándo México seguirá recurriendo a la deuda para sostener sus compromisos, en lugar de generar la riqueza necesaria para financiarlos?
Porque pareciera que a una buena parte de nuestra clase política el endeudamiento ya no le preocupa.
Se discuten cifras de miles de millones de pesos con una facilidad verdaderamente alarmante. Se habla de financiamiento, de déficit, de obligaciones y de compromisos presupuestales como si el dinero apareciera por decreto.
Pero hay algo que no debemos olvidar.
El dinero prestado no es dinero ganado. Y la deuda pública no desaparece cuando termina un sexenio.
Se queda.
Se acumula.
Genera intereses.
Y compromete recursos que mañana podrían necesitarse para construir hospitales, mejorar escuelas, reparar carreteras o garantizar medicamentos.
Lo más preocupante es que quienes hoy autorizan mayores niveles de endeudamiento posiblemente ya no estarán en sus cargos cuando llegue el momento de enfrentar las consecuencias.
Habrán terminado sus periodos legislativos, sus encargos públicos y, probablemente, estarán disfrutando de nuevas posiciones políticas.
Mientras tanto, los mexicanos seguiremos pagando.
Y lo harán también nuestros hijos y nuestros nietos.
Eso es lo verdaderamente grave: comprometer el futuro de millones de personas sin que exista una responsabilidad política equivalente por las decisiones tomadas.
Ahora bien, debemos decirlo con claridad.
Endeudarse no siempre es malo.
Una familia puede solicitar un crédito para construir una casa. Una empresa puede financiar maquinaria para aumentar su producción. Y un gobierno puede contratar deuda para desarrollar infraestructura que genere crecimiento económico.
El problema aparece cuando se pide prestado sin crear las condiciones necesarias para producir más, recaudar mejor y depender menos del siguiente préstamo.
Porque entonces la deuda deja de ser una herramienta de desarrollo y comienza a convertirse en una carga permanente.
Y aquí viene la pregunta fundamental:
¿Dónde está el gran proyecto nacional para producir más riqueza?
¿Dónde están las políticas que verdaderamente impulsen a la industria mexicana?
¿Dónde están los incentivos para que las pequeñas y medianas empresas crezcan, generen empleos formales y paguen impuestos?
¿Dónde está la estrategia para fortalecer al campo, modernizar la producción agrícola, desarrollar tecnología y agregar valor a lo que México produce?
Tenemos territorio, recursos naturales, talento, capacidad industrial, una ubicación geográfica privilegiada y millones de mexicanos dispuestos a trabajar.
Lo que necesitamos es convertir todo ese potencial en productividad, inversión y crecimiento sostenido.
Porque un país no se fortalece únicamente aumentando su presupuesto.
Se fortalece aumentando su capacidad para generar ingresos propios.
Y no estamos hablando de cargarle más impuestos a los mismos contribuyentes de siempre.
Estamos hablando de ampliar la actividad económica, combatir la evasión fiscal, reducir el desperdicio del dinero público, combatir la corrupción y crear condiciones para que más empresas produzcan, inviertan y contraten trabajadores.
También debemos exigir que cada peso obtenido mediante deuda tenga una justificación clara.
¿Cuánto va a producir?
¿Cuántos empleos va a generar?
¿Qué beneficio económico dejará?
¿En cuánto tiempo se recuperará la inversión?
Porque no basta con inaugurar una obra y cortar un listón.
Hay que demostrar que esa inversión sirve, funciona y beneficia al país.
Y tampoco podemos permitir que el presupuesto se convierta en una competencia de ocurrencias políticas, donde importa más anunciar cantidades millonarias que explicar de dónde saldrán los recursos y cómo se sostendrán en el futuro.
La deuda no debería ser un cheque en blanco para ningún gobierno, sea del partido que sea.
La responsabilidad financiera no tiene colores partidistas.
Es una obligación con México.
Y aquí también hay que señalar al Congreso de la Unión.
Los diputados y senadores no están para levantar la mano automáticamente cuando su partido se los ordena.
Están para analizar, cuestionar, corregir y exigir cuentas.
Para representar a los ciudadanos, no para convertirse en simples administradores de decisiones tomadas desde el poder.
Porque aprobar un endeudamiento puede tomar unos minutos.
Pero pagarlo puede llevar décadas.
Y mientras más recursos se destinen al servicio de la deuda, menos margen tendrá el país para atender otras necesidades, si no crecen al mismo tiempo los ingresos y la economía.
México necesita una discusión presupuestal mucho más seria.
Necesita saber cuánto se está pidiendo prestado, para qué se utilizará, cuánto costará pagarlo y qué resultados concretos se esperan.
Pero, sobre todo, necesita una política económica que deje de ver al endeudamiento como una salida recurrente y comience a privilegiar la producción nacional.
Que el dinero genere riqueza, y que esa riqueza permita financiar el desarrollo. No que cada nuevo presupuesto dependa de seguir comprometiendo el siguiente.
Porque llegará el día en que las decisiones de hoy tendrán que pagarse.
Y cuando eso ocurra, no serán necesariamente los políticos que las aprobaron quienes enfrenten las consecuencias.
Serán los trabajadores, los empresarios, los comerciantes, los productores, los jóvenes y las familias mexicanas.
Por eso debemos preguntarnos desde ahora:
¿Estamos construyendo un México económicamente más fuerte o simplemente estamos administrando un país cada vez más comprometido financieramente?
El verdadero progreso no consiste en anunciar presupuestos cada vez más grandes.
Consiste en construir una economía capaz de sostenerlos.
Y si nuestra clase política no entiende esa diferencia, estaremos condenando a las próximas generaciones a pagar decisiones que nunca tuvieron oportunidad de votar.
México no necesita acostumbrarse a deber más. Necesita aprender a producir más, crecer más y depender menos del endeudamiento.
Porque gobernar no es gastar el dinero que todavía no tenemos.
Gobernar es crear las condiciones para que el país pueda generar los recursos que necesita.
Y eso, señoras y señores, es una responsabilidad que no debería seguir posponiéndose.
Porque las deudas de los gobiernos terminan siendo deudas de la nación. Y la nación somos todos.
